RAMIREZ,
Francisco
(1786-1820)


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Francisco Ramírez ha pasado a la historia nacional como el “Supremo Entrerriano”, porque el 24 de noviembre de 1820 fue elegido en Gualeguay “Jefe Supremo” de la República de Entre Ríos, que comprendía el actual territorio de la mesopotamia argentina (Entre Ríos, Corrientes y Misiones).
No conocemos ningún retrato auténtico de Ramírez. El que adorna la sala de gobernadores de Paraná, fue pintado tomando como modelo a la hermana de notable parecido, pero todos los que lo conocieron y trataron, según las crónicas transmitidas oralmente, coinciden en afirmar que era un hombre de agradables facciones, rubio, con un aire natural de dignidad e hidalguía, siendo de robusta complexión.
Santiago Moritán que lo exalta como “genial guerrero y estadista” rescata un retrato físico de éste relatado por Eugenia Escobar, cuñada del Cnl Eusebio Hereñú que lo describe como “un lindo hombre, rubio y muy blanco de una mirada viva, franca y picaresca; era un hombre muy agradable en sociedad, galante con las niñas, pero muy medido y respetuoso”.
Encarnación del sentimiento libertario que insurreccionó a los pueblos del interior contra los planes del iluminismo centralista, Ramírez nació en la Villa del Arroyo de la China (hoy Concepción del Uruguay), el 13 de marzo de 1786, vástago de una familia de holgada posición integrada por Juan Gregorio Ramírez, paraguayo y Teresa Florentina Jordán. Casada su madre en segundas nupcias con Lorenzo José Francisco López, serán sus hermanastros los López  Jordán.
Fue muy joven el alcalde de su villa natal y luego oficial de cívicos en las fuerzas creadas por el Tcnl Josef de Urquiza y Alzaga, padre del vencedor de Caseros, decidido simpatizante de la monarquía española.
Producida la Revolución de Mayo, fue al poco tiempo un adherente y entusiasta defensor, convirtiéndose este eximio jinete en el mensajero de mayo, llevando y trayendo correspondencia secreta, entre los patriotas de la Banda Oriental; y los de La Bajada y Santa Fé; siendo quien influyó para que Artigas y Rondeau se sumaran a la causa de la revolución, a pesar de ser ambos oficiales del ejército español.
A principios de 1813 encabezó un ataque patriota contra embarcaciones realistas que remontaban el río Uruguay, intentando cortar las comunicaciones del Ejército Expedicionario al Paraguay al mando del Grl Manuel Belgrano.
Estas luchas en defensa de la causa de Mayo, le costó a Ramírez caer en poder de los españoles, siendo conducido a la cárcel de Montevideo, de donde consiguió evadirse y volver a su provincia natal. Estas versiones biográficas tradicionales sobre la participación de Francisco Ramírez en el primer estadio de la emancipación rioplatense, han sido cuestionadas por la historiografía regional reciente.
Dotado de un valor a toda prueba, el propio Artigas le tuvo respeto sabiendo que podía contar con él mientras no lo perturbara dentro de los límites de su territorio. Su liderazgo creció y se afianzó mientras que el caudillo oriental era castigado por la invasión portuguesa y no podía atender el frente enemigo impulsado por el Directorio. De ahí que cuando Buenos Aires envió durante los años 1817-1818 tropas para dominar Entre Ríos, Ramírez se destacó en todas las acciones.
El 25 de diciembre de 1817 derrotó en Arroyo Ceballos a las tropas porteñas que mandaba el Cnl Luciano Montes de Oca y el 25 de marzo del año siguiente, en el combate de Saucesito a las que comandaba el general Marcos Balcarce.
Estos dos hechos de armas son los que dan a Ramírez un extraordinario prestigio como caudillo y como “táctico militar” que con sus montoneras se impuso a formaciones clásicas.
“Ramírez -dice el Grl Paz en sus Memorias- fue el primero y único, entonces, de esos generales caudillos que habían engendrado el desorden, que puso regularidad y orden en sus tropas. A diferencia de López y Artigas, estableció la subordinación y adoptó los principios de la táctica, lo que le dió una notable superioridad”.
Dos años más tarde inició junto con Estanislao López la campaña contra el Directorio de Buenos Aires y en ejercicio del mando supremo de las fuerzas federales, se enfrentó con las tropas porteñas que estaban comandadas por el Grl Rondeau. En Cepeda se produjo el choque de ambas fuerzas, donde Ramírez desmostrando una vez más su  astucia y habilidad  militar -señala Diego L. Molinari- derrotó a Rondeau en la batalla que se dió en llamar “la batalla de los ocho minutos” breve lapso que necesitó para producir el desbande de las fuerzas enemigas.
La consecuencia de la batalla de Cepeda que se libró el 1º de febrero de 1820, “no significó solamente la derrota de un ejército, afirmó Joaquín Perez, sino también, y sobre todo el derrumbe de todo un sistema”.
Se llegó así al tratado del Pilar (23 de febrero de 1820), que puso fin a la guerra de los caudillos federales Ramírez y López contra Buenos Aires, siendo también el primero de los pactos preexistentes a los que hará mención la futura Constitución Nacional de 1853.
Distanciado posteriormente de Artigas, ante la insistencia de éste de declarar la guerra a los portugueses que habían ocupado toda la Banda Oriental, Ramírez tuvo que pelear contra su antiguo jefe y aliado venciéndolo completamente y obligándolo a buscar refugio en el Paraguay.
El encumbramiento de Ramírez, sin embargo, fue efímero. El 29 de septiembre de 1820, proclamó la constitución de la “República de Entre Ríos”, y se lanzó luego a la guerra contra Estanislao López, quien había hecho causa común con los porteños para impedir el predominio de aquél. El 10 de julio de 1821, el jefe entrerriano fue derrotado en un combate librado en Córdoba y, en el transcurso de la retirada, la histografía tradicional señala que al pretender auxiliar a su compañera la célebre “Delfina”, cayó muerto por sus perseguidores. Ramírez tenía entonces 35 años de edad.
No obstante lo breve de su administración, Francisco Ramírez demostró notables preocupaciones de gobernante progresista. Fue propulsor de la educación popular, protector de hombres sabios e ilustrados, como Amado Bompland, a quien dió toda clase de ayuda, impulsó el orden interno, estimuló el trabajo y persiguió el vicio y la vagancia.

El historiador Aníbal S. Vazquez, refiriéndose al Supremo Entrerriano, como hombre de gobierno, expresó:  “un gobernante que da normas de derecho público y privado; que busca en el sufragio electoral el origen de su investidura, que habla de las plantas, que deseó educar a la niñez dándoles escuelas y cartillas, que protege a los sabios, que organiza la administración de justicia, la hacienda pública, que fomenta la agricultura, la ganadería, la creación de pueblos y colonias, que se preocupa por la libertad de los ríos, que adopta medidas de higiene y seguridad, que administra las rentas con manos limpias, en una  época de espantosa soledad espiritual, en la hora primaria de la sociedad argentina, cuando su vitalidad estaba estrangulada por la ignorancia, es en realidad un precursor de las hermosas conquistas del presente”.



BIBLIOGRAFIA

ANIBAL S. VASQUEZ, Caudillos entrerrianos. Ramírez, Paraná, 1928.
DIEGO LUIS MOLINARI, ¡Viva Ramírez!, Bs. As., 1938.
SANTIAGO MORITAN, Mansilla, Ramírez, Urquiza, Bs. As., 1945.
JOAQUIN PEREZ, Ramírez y Artigas. Elevación y ocaso, en Trabajos y comunicaciones, La Plata 1949, Nro 1.
LEANDRO RUIZ MORENO, Síntesis biográfica General don  Francisco Ramírez, Paraná, 1957.
FACUNDO A. ARCE, Francisco Ramírez y la República de Entre Ríos, Bs. As., 1971.