(1787-1828)

Guerrero de la independencia argentina, tribuno, periodista y gobernante Manuel Críspulo Bernabé Dorrego había nacido el 11 de junio de 1787 en la ciudad de Buenos Aires, hijo de un próspero comerciante portugués José Antonio de Dorrego y de la porteña María de la Asunción Salas. Fue el menor de cinco hermanos y mimado de la familia vivió gozando de todos los halagos que le proporcionaba la holgada situación económica de su hogar.
Cursó sus estudios elementales y luego ingresó al Real Colegio de San Carlos, dirigido por el clero secular y dependiente de los virreyes. Allí se enseñaba teología, filosofía, poética, lengua latina y sintaxis. En 1809, ya egresado del colegio cruzó los Andes para seguir la carrera de derecho en la Universidad de Santiago de Chile.
El joven estudiante porteño se unió a los que trabajaban por la independencia local, convirtiéndose en uno de los cabecillas de la incipiente rebelión, siendo al frente de los grupos estudiantiles patriotas el primero en lanzar el grito de “¡junta queremos!”, cuando los sucesos de mayo en Buenos Aires animaron a reclamar la renuncia del gobernante español.
Triunfante tras varias alternativas, el movimiento emancipador en Chile, Dorrego abandonó los estudios, ingresó al ejército, y ganó el ascenso a capitán en la represión de un motín antirrevolucionario, obteniendo por su actuación sobresaliente el premio de una medalla con la inscripción: “Chile a su primer defensor”.
En 1811 al regresar a Buenos Aires, se lo destinó al ejército auxiliar que operaba en el Alto Perú y que acababa de ser derrotado en Huaqui. Producida la revolución de septiembre de 1811, quedó a las órdenes de Juan Martín de Pueyrredón, integrando las avanzadas que, al mando de Díaz Vélez, fueron en ayuda de los sublevados de Cochabamba.
Herido dos veces en combate, alcanzó el grado de teniente coronel, grado con el que pelea en las batallas de Tucumán y Salta, siendo en ambas brillante su comportamiento. El general Belgrano en el parte que pasó al gobierno sobre esas victorias, recuerda y recomienda al Tcnl Dorrego.
Confinado por actos de indisciplina, estuvo ausente en Vilcapugio y Ayohuma, lo que motivará más tarde un comentario de Belgrano, que lamentó esa ausencia. En 1813 ya coronel, tomó el mando de la vanguardia patriota, interviniendo en la formación de las milicias gauchas. Confinado por San Martín por nuevos actos de indisciplina, en mayo de 1814 se ordenó su traslado a Buenos Aires.
Al mando de Alvear, luchó en la Banda Oriental contra Artigas. En octubre de ese año, Dorrego derrotó en Marmarajá al caudillo artiguista Fernando Otorgués; pero en enero de 1815 los orientales deshicieron las fuerzas directoriales en Guayabos, retirándose Dorrego con su tropa a arroyo de la China (hoy Concepción del Uruguay), siendo luego llamado para presentarse en Buenos Aires.
De su experiencia en la Banda Oriental -menos gloriosa que la de Chile o el Alto Perú- conservará Dorrego una persistente antipatía por Artigas; años más tarde, siendo diputado en el congreso de 1826 tendrá palabras despectivas para el caudillo oriental.
A su regreso a Buenos Aires, en 1815, contrajo enlace con Angela Baudrix y fue designado jefe del Regimiento 8 de Infantería. Lanzado a la lucha política, se pronunció por el gobierno federativo y auspició la autonomía de Buenos Aires junto con Manuel Moreno, Domingo French, Agrelo, Pagola y otros, siendo decidido opositor del director Pueyrredón.
Conocido su total rechazo a los planes monárquicos, Pueyrredón lo desterró el 15 de noviembre de 1816, enterándose sólo al tercer día de su viaje cual era su destino. Después de una accidentada travesía -llegó a ser juzgado como pirata en Jamaica-, llegó a Baltimore, Estados Unidos en abril de 1817. Se ignoran las circunstancias de su vida allí, pero la atenta observación de la vida norteamericana reafirmó sus condiciones federalistas.
Volvió a Buenos Aires en abril de 1820, después de la caída del Directorio. Lejos de disminuir su popularidad, el aumento de su prestigio templó su espíritu y con su carácter bullicioso, inquieto y ardiente, ocupó diversos cargos.
El gobernador Manuel de Sarratea lo rehabilitó en su jerarquía de coronel, mandó abonar sus sueldos y lo declaró víctima de un gobierno injusto y arbitrario. Tuvo el mando militar de la ciudad después de los sucesos del 20 de junio y fue gobernador interino. Trató de negociar la paz con Estanislao López pero, enfrentado finalmente con éste, fue vencido en Gamonal.
Dorrego presentó entonces su candidatura a gobernador de la provincia de Buenos Aires siendo vencido en las elecciones por Martín Rodríguez. Siempre en la oposición, fue desterrado a Mendoza, donde permanecerá un año largo, huyó luego a Montevideo y regresó al amparo de la Ley del Olvido. El lapso 1822-1824 fueron años de sosiego y tranquilidad personales. Tranquilidad relativa, porque su vocación política lo llevó siempre a estar presente en todos los momentos importantes del país pero ya no hay batallas ni exilios para él, vive en la quinta de su mujer, en San Isidro o en su casa de la ciudad. Por algunos meses es diputado a la legislatura  bonaerense pero renuncia para dedicarse a labores de campo, en su estancia del pago de Areco. En sus ocios de coronel retirado, siempre hubo tiempo para la política. Afirmó Iriarte en sus Memorias que en 1820 Dorrego tuvo a su favor “la gran mayoría de los proletarios de la ciudad”.
En 1825 interesado en negocios de minería viajó al norte, visitando a los gobernadores, Bustos, Ibarra y Quiroga. Vio a Bolívar, que le impresionó profundamente y a quien consideró el único capaz de contener al emperador del Brasil, entonces en actitud amenazante contra las Provincias Unidas.
Fue electo representante por Santiago del Estero en el congreso nacional, por la amistad trabada con Ibarra en 1812, sirviendo ambos en el ejército del Grl Belgrano. Juntos pelearon en las batallas de Tucumán y Salta, donde el comportamiento de Dorrego fue brillante y el de Ibarra destacado.
Al discutirse la Constitución de 1826 descolló en los debates sobre la forma de gobierno y el derecho al sufragio. Desde El Tribuno atacó las medidas centralizadoras de Rivadavia, ganando prestigio en las provincias en donde se lo consideraba uno de los dirigentes más caracterizados del federalismo en Buenos Aires.
Influyó con su prédica en la crisis que culminó con la renuncia de Rivadavia a la presidencia de la nación. El 12 de agosto de 1827 Dorrego fue investido con el cargo de gobernador y capitán general de la provincia de Buenos Aires, en cuyo carácter firmó la paz con el Brasil sobre la base de la independencia de la Banda Oriental.
La consagración de Dorrego como gobernador dio el triunfo neto al federalismo y de inmediato celebró pactos con las provincias del litoral y con la de Córdoba, preparando así el advenimiento del sistema federal en toda la República.
Mas los unitarios no cejaron en su campaña y no se dieron por vencidos. El tratado de paz fue impopular, los opositores unitarios se pusieron a trabajar con premura para capitalizar ese descontento. Mientras agitaban la opinión de la ciudad, se insinuaron con los jefes militares que no vacilaban en hacer público su desagrado. Dos de ellos atrajeron especialmente su atención; dos veteranos de la independencia pese a su juventud, los generales José María Paz y Juan Lavalle. Este último encabezó el movimiento militar del 1 de diciembre de 1828, que obligó al gobernador Dorrego a dejar la ciudad y dirigirse a la campaña para reunirse con Rosas, quien avisado de lo que sucedía había reunido mil milicianos, y someter así al jefe rebelde, pero éste salió en su persecución y lo derrotó en Navarro.
Tomado prisionero fue fusilado el 13 de diciembre de 1828. Este paso fatal fue el prólogo de una era de violencia que ensombreció por varios años la política argentina.
“En principio -escribe Saldías-, hechos como el fusilamiento del gobernador Dorrego, no se discuten: se condenan en nombre de la libertad, a la que insultan, y en homenaje a la patria, a quien enlutan”.

El primer acto del gobierno de Rosas, después de asumir el poder, fue rendir homenaje a la memoria de Dorrego, pronunciando estas palabras con motivo de sus funerales, “Dorrego! Víctima ilustre de las disensiones civiles: descansa en paz; la patria, el honor y la religión han sido satisfechos hoy, tributando los últimos honores al primer magistrado de la república, sentenciado a morir en el silencio de las leyes. La mancha más negra de la historia de los argentinos ha sido ya lavada con lágrimas de un pueblo, justo, agradecido y sensible”.

BIBLIOGRAFIA

JUAN B. TONELLI, Manuel Dorrego, apóstol de la Democracia, Bs. As. 1966.
ENRIQUE PAVON PEREYRA, Pasión y muerte de Dorrego, Bs. As., 1970.
MARCOS de ESTRADA, Una Semblanza de Dorrego, Bs. As., 1985.
MARIANO DE VEDIA Y MITRE, La revolución de diciembre y sus consecuencias. En “Humanidades” La Plata, 1923, tomo VI.
EMILIO RAVIGNANI, Historia Constitucional de la República Argentina, Bs. As., 1930, tomo III.

 

 

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