(1770-1820)

Quizá a ninguno de los hombres de Mayo pueda aplicarse tan justicieramente, como a Manuel Belgrano, aquellos tres calificativos que en el pensar de los doctos y en el sentir del pueblo, expresan lo que fue George Washington: “El primero en la paz, el primero en la guerra, el primero en el corazón de sus conciudadanos”.
Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770, hijo de Domingo Belgrano Peri, natural de Oneglia, en la Liguria, y María Josefa González Casero. Su padrino de bautismo fue don Julián Gregorio de Espinosa, miembro de la Cofradía del Rosario, vinculado estrechamente a la Orden Dominica. Nacido a pocos pasos de Santo Domingo, conoció a los religiosos del convento vecino desde su más tierna infancia.
Posiblemente hizo sus estudios en la escuela conventual tan próxima a su casa y cursó los secundarios en el Real Colegio de San Carlos.
En la segunda mitad de 1786 se embarcó para España, en compañía de su hermano Francisco, con sólo dieciséis años de edad.
Durante su estancia en la Madre Patria, encaró su formación universitaria. Primero en Madrid y luego en Salamanca donde estudió leyes dos años, pasando finalmente a la Universidad de Valladolid en la que se recibió de bachiller el 28 de enero de 1789. Por examen realizado ante la Audiencia de esta última ciudad, le otorgaron el título de abogado, el 6 de febrero de 1793.
Los idiomas, la economía política y el derecho público le atrajeron mucho más que el ejercicio de su profesión; lee a Jovellanos, Campomanes, Quesnay, Montesquieu y Rousseau. El 30 de enero de 1794 se funda el Real Consulado de Buenos Aires habiendo sido ya designado Belgrano como secretario perpetuo, en diciembre de 1793.
Desde este cargo combatió al sistema comercial español que favorecía el monopolio de los comerciantes de Cádiz y de sus asociados o agentes de la colonia. Su pensamiento en materia económica quedó claramente sintetizado en memorias que presentó anualmente. En ellas expuso los medios para fomentar la agricultura y la industria, propuso además la introducción a los nuevos cultivos industriales (el lino y el cáñamo) así como un vasto plan de educación pública que incluyó la instrucción de las mujeres y escuelas gratuitas para todos. Con el auspicio del Consulado, movido por su prédica, se crearon en 1799 las escuelas de Náutica y Dibujo.
En 1807, al producirse la segunda invasión inglesa, Belgrano es uno de los héroes de la defensa, encargado de actuar “en las calles inmediatas a Santo Domingo” hallándose presente en la rendición del Grl Crawford en el histórico convento.
Después de la Reconquista, ingresó en el Regimiento de Patricios con el grado de sargento mayor. “Desde este día -dice en su autobiografía- contraje con empeño el estudio de la táctica y tomé maestro que me enseñase el manejo de las armas”.
Aunque en aquel tiempo no creyó en la posibilidad de una independencia inmediata -como lo confiesa al Grl Crawford- los sucesos posteriores le hicieron cambiar de opinión. Desde 1808, junto con Juan José Castelli, Hipólito Vieytes, Nicolás Rodríguez Peña, Juan Martín de Pueyrredón y otros, trabajó en un plan destinado a proclamar un gobierno encarnado en una monarquía constitucional que encabezaría la princesa Carlota Joaquina de Borbón, hermana de Fernando VII y esposa de Don Juan, el regente de Portugal, que residía a la sazón en la corte de Río de Janeiro. “Este grupo -señalan Floria y García Belsunce- desde el punto de vista social proponía un cambio de sistema, poniendo fin al predominio de los peninsulares en todos los órdenes, incluido el político”.
Con la dirección de Belgrano, el partido de “la Carlota” se propagaba rápidamente, pero sin llegar a ningún acuerdo definitivo durante el lapso en que se prolongó la negociación, desde 1808 a 1809. En este último año Belgrano aceptó la redacción de un nuevo periódico – auspiciado por el entonces virrey Cisneros – que apareció a fines de enero de 1810 con el nombre de Correo de Comercio de Buenos Aires. Su objetivo principal era “popularizar los sanos principios de la economía política” y ocuparse de las materias científicas y literarias, impulsando según lo afirma en su autobiografía, a través de esas publicaciones la revolución .
En abril de 1810 renunció a su cargo del Consulado, y marchó a la Banda Oriental, donde poseía algunas tierras, hasta que a principios de mayo recibió una carta de Buenos Aires por la que reclamaban su presencia “ Véngase que lo necesitamos: es llegado el momento de trabajar para adquirir la libertad y la independencia deseadas”.
Su vocalía en  la Primera Junta gubernativa no fue el corolario de esa tarea sino apenas el comienzo.
Fue nombrado para dirigir la expedición al Paraguay y luego se le encomendó hacerse cargo de las operaciones en la Banda Oriental cuya campaña se había levantado contra las autoridades realistas de Montevideo.
Los sucesos porteños del 5 y 6 de abril de 1811 determinaron un cambio en la dirección política de la Junta, que ordenó a Belgrano comparecer en Buenos Aires para responder a los cargos que se le hicieron por su conducción de la campaña del Paraguay.
El 9 de agosto de ese mismo año, la Junta lo absolvió devolviéndole los grados que se le habían suspendido y regresó al Paraguay en misión diplomática, firmando con la Junta Paraguaya un tratado de Confederación y Alianza entre ambos gobiernos.
Belgrano, cumplida su misión regresó a Buenos Aires, donde el Primer Triunvirato lo designó comandante del Regimiento de Patricios, que se sublevó como consecuencia de la orden de cortarse las trenzas y en adhesión a Saavedra y a los antiguos componentes de la Junta Grande.
A principios de 1812 es enviado a Rosario con su regimiento, donde instaló dos baterías por él bautizadas con los nombres de Libertad e Independencia, y enarboló por vez primera la bandera nacional con los colores de la escarapela. Ese mismo día 27 de febrero de 1812, se le designó general en jefe del Ejército del Norte, con el que obtuvo los resonantes triunfos de Tucumán (24 de sptiembre de 1812)  y Salta (20 de febrero de 1813). Belgrano vencedor, avanzó hacia Jujuy, dirigiéndose rápidamente a Suipacha, para seguir desde allí a Potosí. En este último lugar permaneció el tiempo necesario para completar la organización de su ejército.
En el campo español, Goyeneche fue relevado del mando de sus fuerzas que operaban en el Alto Perú, por el brigadier Joaquín de la Pezuela, quien ordenó el avance de sus tropas en busca de Belgrano. Este, anoticiado del avance, le salió al encuentro.
Los dos ejércitos se avistaron en la pampa de Vilcapugio, sitio en que la fortuna sonrió a los realistas. Belgrano emprendió la retirada con el resto del ejército y nuevamente en Ayohuma se repitió la derrota. Atormentado por el revés que acababa de sufrir, se desplazó hacia Potosí, de donde siguió a Jujuy, hostilizado por las fuerzas enemigas, llegando en su penosa marcha a Tucumán, lugar en el que entregó el mando del ejército al coronel  José de San Martín.
Belgrano de regreso en Buenos Aires, fue enviado en misión  diplomática a Europa junto con Bernardino Rivadavia; los sucesos de 1814, con la derrota de Napoleón y la reposición de Fernando VII en el trono español, motivaron que el Directorio  alentara allanar el camino de la paz con España y negociar con Gran Bretaña el reconocimiento de la independencia.
Belgrano y Rivadavia fueron munidos de plenos poderes, aceptando después de larga discusión el proyecto de monarquía constitucional como forma de gobierno. A pesar de los esfuerzos de los negociadores, la misión que se les confió no tuvo resultados positivos de ninguna clase.
Desarrolló esa misma tesis en las sesiones secretas del Congreso de Tucumán, proponiendo a un descendiente de los incas, como candidato al trono. Su prédica, así como la de San Martín y Pueyrredón entre otros; influyó para que el congreso declarase la independencia unos pocos días después, el 9 de julio de 1816.
Ese mismo mes, el Congreso designó a Belgrano general en jefe del Ejército del Norte, en reemplazo de José Rondeau que había sido derrotado en la batalla de Sipe-Sipe (28 de noviembre de 1815). Durante tres años, a la cabeza de estas tropas Belgrano desarrolló una gran actividad.
El Directorio le ordenó posteriormente que desde el norte avanzara sobre Córdoba y Santa Fe, sacudidas por las guerras civiles que el general intentó detener por otros medios que las armas de su ejército.
En oficio al gobierno porteño aconsejó buscar la paz con Estanislao López, logrando el 12 de abril de 1819 la firma de un tratado con el gobernador de Santa Fe conocido como Pacto de San Lorenzo; luego marchó a Tucumán dejando en su lugar al general Francisco de la Cruz.
Gravemente enfermo regresó a Buenos Aires. En esos momentos no podía ser más lamentable el estado del general quien le dijo a su amigo Balbín: “Es cruel mi situación, me hallo muy malo, duraré pocos días, espero la muerte sin temor, pero llevo un gran sentimiento al sepulcro”. Como Balbín le preguntara: “¿Cuál es general?”, éste le contestó: “Muero tan pobre que no tengo como pagarle el dinero que usted, me tiene prestado, pero no lo perderá usted. El gobierno me debe algunos miles de pesos de mis sueldos; luego de que el país se tranquilice le pagarán a mi albacea”.
Belgrano deseó también cumplir con el doctor Redhead pudiendo únicamente regalarle la última pertenencia valiosa que poseía: su reloj de oro.
El 20 de junio de 1820, a las siete de la mañana, murió Belgrano de hidropesía, en la casa paterna donde naciera cincuenta años antes.

BIBLIOGRAFIA
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