(1780-1862)

Heroína de la guerra de la independencia en el Alto Perú, nació en Chuquisaca el 12 de julio de 1780, según partida de nacimiento dada por el historiador Joaquín Gantier. Era hija de doña Eulalia Bermúdez y don Matías Azurduy.
Aprendió, corriendo por su sangre mestiza la indómita barrera de la criollez, las primeras letras y la doctrina cristiana, aunque prefirió las labores del campo al lado de su padre, quien poseía algunas haciendas en las riberas del río Chico. Huérfana a temprana edad, pasó al cuidado de su tía, doña Petrona Azurduy, quedando dueña de vastas heredades. Aquélla quiso que fuese monja, y en calidad de educanda ingresó al convento de Santa Teresa, pero al poco tiempo la familia tuvo que sacarla por su carácter altivo.
En 1805 se casó con Manuel Ascencio Padilla, criollo y de familia adinerada, quien apoyó el movimiento revolucionario en la ciudad de La Paz en 1809. Desde entonces comienza la gesta heroica de Juana, interviniendo al lado de su esposo en todas las batallas y apoyando al ejército patriota enviado desde Buenos Aires.
Luego de Huaqui sus bienes fueron confiscados y debieron huir a las montañas pero las victorias de Tucumán y Salta, les permitieron regresar a Chuquisaca.
Padilla unido a Arenales posibilitó la acción de éste en el Valle Grande y contribuyó mucho al éxito de la campaña llevada en 1814 contra Cochabamba. Después de Sipe-Sipe, reorganizó a los dispersos y organizó sus montoneras en la región comprendida entre los ríos Pilcomayo y Guapey; desde donde hostigaba a los realistas de Cochabamba y Chuquisaca.
En razón de su encomiable valor y con motivo de la temeraria acción que le cupo en el combate de Villar en el Alto Perú, donde arrebató una bandera a las fuerzas realistas, el Grl Belgrano recomendó su actuación desde Tucumán el 26 de julio de 1816 y le hizo conceder el grado de teniente coronel en agosto de ese año por el director supremo Juan M. de Pueyrredón.
El prestigio de Padilla crecía en proporción a las inútiles crueldades de los jefes españoles, logrando tener  en permanente jaque a Chuquisaca y dominar sus aledaños.
A principios de septiembre de 1816, convencidos los realistas que sólo una acción decisiva contra los montoneros los libraría de su permanente acecho, inició el general español La Hera una operación de tenaza. Los días 13 y 14 de septiembre se combatió con denuedo, y en uno de esos encuentros el coronel realista Aguilera enfrentó a Padilla y lo derribó de un pistoletazo. Posteriormente fue degollado el oficial patriota y también fue degollada una mujer que acompañaba a Juana Azurduy, en la creencia que se trataba de ésta, mandando el Virrey peruano a acuñar medallas conmemorativas de este episodio.
Juana salvó milagrosamente su vida, ayudada por un oficial americano, la insigne amazona sufrió el más fuerte de los golpes, quedando al mando de la montonera en manos de Jacinto Cueto.
La bella y valiente esposa del caudillo decapitado se retiró a Tarija y de allí pasó a Salta para combatir a las órdenes de Güemes, quien la contó entre sus más valientes colaboradores. Peleó por las Provincias Unidas hasta 1825, cuando declarada la soberanía del Alto Perú, con el nombre de República de Bolivia, volvió a su tierra natal, pasando su ancianidad en el más completo olvido.
Murió en Sucre, la antigua Chuquisaca, el 25 de mayo de 1862. Esta patriota tan heroica como virtuosa es una de las mujeres más extraordinarias e ilustres de América Hispana. Mitre en su historia de Belgrano expresa que se la adoraba como una virgen.
El heroísmo y valor de Padilla y su mujer fueron reconocidos por los mismos enemigos “en más de cinco años de sedición y todo género de hostilidades -decía el general Ramírez al virrey del Perú en oficio del 13 de octubre de 1816- había adquirido Padilla un riesgoso ascendiente en los naturales de estas provincias, y no pocos recursos para conservarlos insurrectos. Su mujer, con despecho y ánimo superior a su sexo, se ha presentado al frente de sus huestes insurgentes en muchas oportunidades”.
Cutolo narra breve y elocuentemente su vida al servicio de la Patria con estas palabras: “Por haber hospedado a Castelli y entregar cosechas y animales al ejército de Balcarce y Díaz Vélez, doña Juana fue tomada prisionera, pero continuó viviendo en su casa hasta que Padilla arrostrándolo todo, penetró secretamente en la ciudad y arrebató de allí a toda su familia llevándola a un lugar inaccesible. Luego marchó a proseguir su lucha contra los realistas. Deseosa de participar en la guerra acompañó a su esposo después de reclutar 10.000 indios. Protegió la retirada a Potosí de las tropas de Díaz Vélez prestando grandes servicios con su gente y recursos. Tuvo varios hijos: Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes, quienes murieron durante la guerra y solamente sobrevivió Luisa, nacida al salir del combate de Presto. Poseída de un extraordinario interés por la causa de la emancipación, siguió a su esposo en la guerra de guerrillas propias del Alto Perú. Pasan de quince los lugares en que combatió: dos batallas en el Cerro de Carretas, dos sitios a Chuquisaca, escaramuzas en Tarvita, Molleni, Badohondo y Carachimayo. Su triunfo en el Villar donde arrebató una bandera realista que llevaba los lauros de la reconquista de Arequipa, Puno, Cuzco y La Paz, le sirvió para que Belgrano en el oficio dirigido al director supremo don Juan Martín de Pueyrredón pidiera que se la declarara teniente coronel de los ‘Decididos del Perú’. Esta mujer fue considerada por los indios como la imagen de la Tierra, la ‘Pachamama’”.

BIBLIOGRAFIA

ENRIQUE UDAONDO, Diccionario Biográfico Argentino. Bs. As., 1938.
JOAQUIN GANTIER, Doña Juana Azurduy de Padilla, La Paz, Bolivia, 1946.
VICENTE D. SIERRA, Historia de la Argentina. Independencia y Anarquía 1813-1819, Bs. As., 1965, tomo VI.
LILY SOSA DE NEWTON, Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas, Bs. As. 1972..

 

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