(1793-1877)

Juan Manuel Ortiz de Rozas, nombre con el que nació y el que transformó por desinteligencias familiares “es uno de los personajes -sostiene Felix Luna- más controvertidos del pasado nacional” ilustrando luego con juicios de contemporáneos e historiadores tal aserto. Mitre lo acusó de ser “representante de los grandes hacendados y jefe militar de los campesinos”; Sarmiento sostuvo que “Rosas y todo su sistema fue aborto de la estancia: él tenía 200 leguas de territorio suyo y sus hermanos, fautores y generales reunieron más de mil”.
El viajero William Mac Cann lo consideró una fatal imposición de los hechos y de la incapacidad popular para el gobierno propio. Zinny sentenció: “fue lo que el pueblo argentino quiso que fuese” y para Ernesto Quesada “su base eran los gauchos y los orilleros, a los que unió los negros (…) demócrata por temperamento, las masas populares fueron su baluarte”.
Juan Manuel nació en Buenos Aires el 30 de marzo de 1793. Hijo de don León Ortiz de Rozas y de Agustina López Osornio; por su madre descendía de Clemente López Osornio pionero de la frontera de río Salado, en lo que entonces era el sur de la provincia de Buenos Aires. Ese origen fue motivo que la juventud de Juan Manuel transcurriera en el campo, dedicado al desarrollo  de innovadoras empresas agropecuarias y en intenso contacto con los peones gauchos, con los indios mansos y con los indios que nada querían saber del “huinca”.
En esos años se forma el conductor de hombres, el inflexible hombre de “orden”, el honrado administrador, el intérprete de la identidad cultural de esa gente, que era su gente y que lo seguiría hasta la idolatría cuando fuera gobierno.
Cuando tenía 14 años participó, durante las invasiones inglesas, como sirviente de una pieza de artillería, motivando su comportamiento el elogio de las autoridades a sus progenitores.
En 1820 intervino por primera vez en la política de su provincia. Lo hizo en apoyo de las autoridades legítimamente constituidas y al servicio del orden, para terminar con la inestabilidad política de la capital. Las poderosas familias del puerto recibieron con regocijo a este rústico que devolvía la paz a la ciudad. Los hombres y mujeres comunes vivieron con alivio la entrada de sus “Colorados del Monte” -peones y capataces de estancias armadas para la defensa contra el indio- que al revés de lo que siempre ocurría, no produjeron un robo, un atropello, ni un crimen, ni una violación. Lo llamarían entonces el “Restaurador de las Leyes”.
Ocho años después, el gobernador legal Manuel Dorrego, a quien llamaban “padrecito de los pobres”, con ironía algunos y con amor los demás, fue derrocado y muerto por un motín. “La gente baja ya nos domina”, decían sin dejar lugar a dudas las coplas del poeta unitario Juan Cruz Varela.
El Restaurador volvió a imponer el orden. Venciendo a los insubordinados, primero, y convirtiéndose en gobernador legal, después. En esos años, y como prólogo de lo que sería su rol protagónico en la consolidación del estado nacional, firmó en 1831 el Pacto Federal, primero con las provincias litoraleñas, y luego de liberadas, con las nueve restantes; siendo el antecedente constitucional de mayor jerarquía e influencia en el avance real hacia la organización definitiva del país.
En 1835 fue nuevamente gobernador de Buenos Aires, con el manejo de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina delegado por las provincias, ya que no había gobierno nacional. Rosas fue el verdadero creador de nuestra cancillería que funcionó durante su gestión con un elevado nivel político y una eficiente defensa de los intereses nacionales. Recibió también la suma de poder público, dadas las circunstancias difíciles que se vivían y que habían culminado en el asesinato del caudillo riojano Facundo Quiroga, el hombre de más prestigio político en el interior del país; pero aunque lo había recibido de acuerdo a la ley, no quiso un poder tan grande sin consultar la voz popular …
Fue así que convocó un plebiscito, el primero de América, el 27, 28, 29 de marzo de 1835 que obtuvo casi la totalidad de los votos: 9.720 a favor y 7 en contra.
En una ciudad de 60.000 habitantes, como tenía Buenos Aires en marzo de 1835, significó ello, -afirma Enrique Manson-, la totalidad de la población, descontando las mujeres, los extranjeros, los esclavos, los ancianos y los niños. Y alguno que otro que no quiso ir a votar, ya que la consulta fue voluntaria.
Por esos tiempos las democracias occidentales permitían el sufragio sólo a quienes contaban con un capital o renta significativa. En Francia votaba 1 de cada 300 habitantes y en Inglaterra 1 de cada 30. En el Buenos Aires de 1835, votó 1 de cada 6.
Es importante señalar que para entonces si bien se habían sentado las bases primigenias del Estado Argentino, no estaba claro para muchos hombres de gobierno un concepto de argentinidad. En 1816 el Congreso de Tucumán había declarado la Independencia de las Provincias Unidas “en Sudamérica”, expresando una voluntad continentalista que compartían San Martín, Bolívar y Artigas.
Sin embargo, la política de patria chica quebró en breve tiempo esos sueños. El antiguo virreinato del Río de la Plata se partió en cuatro y en la porción mayor, la Argentina, el centralismo impuesto por los intereses del puerto de Buenos Aires provocó una reacción centrífuga en el interior. Así nacieron, por ejemplo, las repúblicas de Tucumán o de Entre Ríos.
Rosas encontró, al llegar al gobierno, 13 provincias que potencialmente podían convertirse en nuevos estados “independientes”. De hecho lo acontecido en esas dos décadas de vida emancipada produjo sucesivas pérdidas territoriales.
Fue la gran habilidad política y sus firmes convicciones lo que, en una tarea de gran contenido patriótico, fue instalando lentamente la idea de una unidad nacional en las mentes de caudillos que veían a la patria, sólo en el ámbito de su provincia. Pero esa tarea esencial no tardó en provocar la reacción de los imperialismos de la época. Francia, dueña del más poderoso ejército terrestre del mundo, deseaba recuperar el prestigio de los tiempos  napoleónicos, objetivo más fácil de ser logrado contra los estados pequeños como las antiguas colonias españolas, que contra las potencias europeas.
Acorde con tales directrices invadía Argelia con un pretexto falaz; desembarcaba en Indochina para “vengar agravios”; bombardeaba San Juan de Ullúa en Méjico y presentaba reclamos a la Confederación Argentina.
Este último a través del vicecónsul Aimé Roger, que por serlo carecía del necesario rango diplomático. De allanarse a ello, la Argentina hubiera aceptado un tratamiento de republiqueta de segundo orden y debía estar dispuesta a soportar mayores humillaciones. Rosas no respondió. Se limitó a reclamar que las quejas de Francia fueran presentadas por un diplomático debidamente acreditado y reconocido como tal por la Argentina. Comenzó  entonces un  bloqueo  de los puertos argentinos -sin declaración de guerra- siguió con bombardeo de los puertos y apoyo a opositores dispuestos a colaborar con los agresores.
La defensa heroica de la isla  Martín García, tomada al fin por fuerzas superiores y mejor armadas, causó la admiración del enemigo. El jefe de la defensa de la isla, el Cnl Gerónimo Costa, fue desembarcado en Buenos Aires con recomendaciones a Rosas, por sus propios vencedores. Por fin, en octubre de 1840, la tenacidad y la capacidad diplomática  de  Rosas y  su  ministro Felipe Arana unidos a la adhesión del pueblo argentino dieron sus frutos. Francia se allanó y envió al barón de Mackau, el diplomático debidamente acreditado que Rosas exigía.
En junio de 1842 se iniciaron las presiones que preludiaban una agresión nueva. El ministro británico Mandeville entrevistó a Rosas para presionarlo ante el conflicto que sostenía frente al caudillo Fructuoso Rivera agente de los franceses antes de 1840, y enemigo del presidente legal del Uruguay, Manuel Oribe. Mandeville relata que hizo notar al gobernador que no aceptar las amables sugerencias inglesas, “podría ser fatal para el gobierno y para usted mismo”. “Rosas quedó un instante en silencio como pensando las palabras; después ‘suavemente’ habló …” “Mi partido se compone de gentes capaces de llevar armas; una guerrera y poderosa raza. No hay aristocracia en este país donde pueda apoyarse un gobierno: la opinión pública y las masas gobiernan. Ellas quieren la guerra contra la Banda Oriental, y si yo no la hiciera, estaría perdido… Yo me encuentro tan incapacitado para hacer la paz con Rivera como Luis Felipe para ratificar el tratado de tráfico con Inglaterra”. Entonces poniéndose de pie y en la más solemne manera agregó: “cualquier cosa que me pasara a mí, no se podría responder por la vida de un solo extranjero en esta tierra … Sé perfectamente mi posición, y debe aconsejarle a Lord Aberdeen que es él quién debe meditar bien las consecuencias de una política de intervención … Yo estoy obligado a llevar la guerra a Rivera, como Inglaterra estuvo obligada a hacerlo con Bonaparte. No comprender eso, es no comprender lo evidente”. Después bajando el tono, dijo como despedida al azorado ministro inglés: “Lamentaré mucho que las circunstancias me impidan aceptar los deseos del gobierno de su Majestad”.
Inglaterra y Francia, pasaron de todos modos a los hechos en 1845, enviando al Río de la Plata una poderosa flota, tal vez la mayor utilizada en una guerra colonial. Esta se estrellaría contra el coraje criollo en la batalla de la Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre. En ella los agresores comprendieron, al decir de San Martín, “que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”.
Al saludar, cuatro años después, la bandera argentina con 21 cañonazos de las flotas agresoras, quedó demostrado ante el asombro del mundo y la admiración del continente, que los pequeños estados que habían surgido del imperio español podían enfrentar a los poderosos de la tierra si contaban con voluntad de soberanía y gobiernos que estuvieran dispuestos a ejercerla con habilidad y coraje.
En 1852, en medio de una guerra con el emperador esclavista del Brasil, el general Urquiza al frente del Ejército Grande derrocó a Rosas en Caseros el 3 de febrero. Una vez en el exilio, Juan Manuel de Rosas, abandonó toda actividad política, debiendo vivir del trabajo manual, ya que había sido despojado de los bienes que le pertenecían antes de llegar al gobierno.
En Buenos Aires, sus enemigos lo condenaron como traidor a la patria porque, como lo dijeron en la Legislatura de Buenos Aires, no se podía dejar a Rosas al juicio de la historia, que podría llegar a reconocerlo como un argentino ilustre.
En el exilio, el Restaurador moriría en la pobreza pero conservando como preciada joya el sable que le había donado el Libertador San Martín en su testamento: “Como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la patria contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.

Luego de 137 años de su partida al exilio y de haberse rehabilitado legalmente su figura, el 30 de septiembre de 1989, fueron repatriados sus restos en un acto de justicia histórica.

BIBLIOGRAFIA

INSTITUTO NACIONAL JUAN MANUEL DE ROSAS, Bs. As., 1997, Fragmento Textual (semblanza de Enrique Manson).
RICARDO FONT EZCURRA, San Martín y Rosas, Bs. As., 1953.
ADOLFO SALDIAS, Historia de la Confederación Argentina, Bs. As., 1951, 3 tomos.
JULIO IRAZUSTA, Vida política de D. Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia. Bs. As., 1870, 8 tomos.
LUIS C. ALEN LASCANO,  Rosas, Bs. As., 1975.
ROSA MELLI, Legajo militar del Br Grl D. Juan Manuel de Rosas, en Nuestra Historia, Bs. As., 1995, Nº 43-44.

 

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