(1843-1914)

La personalidad del teniente general Julio Argentino Roca, es una de las más definidas del escenario nacional. Su actuación múltiple como militar y gobernante, ha dejado indeleble huella como organizador en diversas actividades, no sólo contribuyendo a cimentar el orden y el respeto a las instituciones, sino también  echando las bases de la argentina moderna representando para muchos de sus contemporáneos el más lúcido de sus exponentes.
Nacido en San Miguel de Tucumán el 17 de julio de 1843, era hijo del guerrero de la independencia don José Segundo Roca y de doña Agustina Paz.
El joven Julio, terminados los cursos de enseñanza primaria en su ciudad natal, prosiguió los mismos en 1856 como alumno del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, se matriculó además en las clases de instrucción militar que sobre las tres armas: Artillería, Caballería e Infantería, se dictaban allí bajo la dirección del coronel Nicolás Martínez Jonte (h).
Cuando se organizó, en 1858, el Ejército de la Confederación a las órdenes de Urquiza, para combatir al de Buenos Aires, hubo de acudirse a todos los recursos a fin de completar los cuadros, ya fuesen de oficiales como de soldados, por lo que se otorgaron despachos a los alumnos del colegio que demostraban vocación para la carrera de las armas.
No había cumplido aún quince años de edad cuando entró en el Ejército de la Confederación, el 1 marzo de 1858, con el grado de subteniente de Artillería.
Participó en la defensa de Rosario atacada desde el Paraná por la escuadra bonaerense y despues de tomar parte en la batalla de Cepeda regresó al colegio, del cual se alejó definitivamente a los dos años para ocupar su puesto de oficial  a las órdenes de Urquiza.
Asistió a la batalla de Pavón, (17 de septiembre de 1861), mandando una pieza de artillería, que pudo entregar intacta al final de la lucha gracias a su valor; tal comportamiento le valió los despachos de teniente primero.
Disuelto el Ejército de la Confederación al hacerse cargo el general Mitre del gobierno provisional de la Nación, pasó a Buenos Aires. Por ese tiempo, 1862, su tío, el doctor Marcos Paz, designado interventor nacional para las provincias del norte, lo llevó consigo en carácter de secretario, y terminada esa misión fué destinado al Regimiento 6º de Infantería de Línea, que al mando del Tcnl José M. Arredondo, hizo la guerra al Grl Angel Vicente Peñaloza (el “Chacho”), alzado en armas contra el gobierno de Mitre. Así hubo de combatir entre otros encuentros, en Lomas Blancas, en los Llanos de La Rioja y en Las Playas en Córdoba.
Declarada la guerra al Paraguay, en 1866 y con el grado de capitán marchó a la zona de operaciones y se batió en Paso de la Patria, Estero Bellaco, Tuyutí, Yataití-Corá y Boquerón.
En Curupaytí al mando del Batallón Salta de trescientas plazas, se lanzó al ataque, del que sólo se salvaron treinta hombres. Bajo el incendio de los “abatís” pudo ver las caras rojas y violentas de los paraguayos que los fusilaban, mientras de las llamas dantescas salió a caballo con Solier sangrando a la grupa, y en la mano libre una bandera en hilachas, recogida en el huracán de la trinchera, cerca del cadáver de su hermano.
En 1867, ascendido a mayor, participó a las órdenes del Grl Paunero en la lucha para sofocar la revuelta estallada en las provincias de Cuyo, y el 13 de julio del mismo año, como sargento mayor efectivo, es designado segundo jefe del regimiento de infantería, y de guarnición en Río Cuarto. Al año siguiente, recibe los despachos de teniente coronel.
Durante el gobierno de Sarmiento prosiguió sus actividades en las provincias del norte y al encontrarse de regreso en Córdoba, a fines de 1870 se incorporó al ejército que en Corrientes organizaba el gobernador Baibiene, y a sus órdenes el 26 de enero de 1871, decidió el triunfo de Ñaembé, al tomar a la bayoneta las baterías  de Lopez Jordán.
Como de costumbre, se le otorgó el laurel al cabo de la jornada. Coronel del Ejército Nacional, lo cual es holgada jerarquía cuando sólo se tienen veintiocho años.
En 1872, radicado de nuevo en Río Cuarto, casó con doña Clara Funes.
En 1874 asumió el mando de las tropas que fueron a sofocar el alzamiento de Mitre contra el gobierno nacional  derrotando el 7 de diciembre a las fuerzas del general Arredondo en la batalla de Santa Rosa (Mendoza), célebre por su desarrollo estratégico al sorprender al enemigo por la retaguardia de la posición, luego de una marcha nocturna. Sarmiento, entonces presidente, le otorga por ese triunfo el grado de general. Tenía entonces 31 años.
Nombrado comandante general de las fronteras de San Luis y Mendoza, empieza a preocuparlo desde entonces el plan de campaña para la conquista del desierto. En el ejercicio del Ministerio de Guerra, que ocupó en reemplazo del doctor Adolfo Alsina, fallecido en 1877, se dispuso a acometer aquella difícil empresa con el propósito de resolver definitivamente el problema del indio y obtener por ley del Congreso los recursos necesarios para realizarlo.
La expedición militar inició su marcha en abril de 1879 bajo su dirección. Desde el campamento de Carhué (26 de abril de 1879) en un fragmento de su vigorosa proclama dirigida al Ejército Expedicionario al río Negro; decía a sus soldados: “En esta campaña no se arma vuestro brazo para herir compatriotas y hermanos extraviados por las pasiones políticas, para esclavizar o arruinar pueblos o conquistar territorios de las naciones vecinas. Se arma para algo más grande y noble: para combatir por la seguridad y engrandecimiento de la patria, por la vida y fortuna de millares de argentinos, y aún por la reducción de esos mismos salvajes que, por tantos años librados a sus propios instintos, han pesado como un flagelo en la riqueza y bienestar de la República”.
Roca revivió el plan de Rosas y en una campaña de sólo cinco meses se instaló en las tierras conquistadas definitivamente, lo que no había podido hacer el dictador, porque le faltaron los dos elementos decisivos con que contó Roca, el telégrafo y el Rémington.
Fueron sus colaboradores, Levalle, aquel que llegó a Carhué sin caballos con la montura al hombro, diciendo: “no tenemos que comer, pero tenemos un montón de deberes que cumplir en la patria”, el impetuoso Maldonado, Winter, el vencedor de Catriel, de Napoleón Uriburu todo brío y fulgor, como tallado en el acero de su espada, de Bosch en su talla homérica, de Ortega, de Teodoro García, Racedo, Campos, Palacios, Villegas, tal como lo viera Blanes, el pintor uruguayo que inmortalizó en el lienzo el momento en que aquellos paladines saludaban el sol de Mayo, el 25, a orillas del Río Negro. La República se agrandó hasta los Andes y Magallanes.
Reintegrado el general Roca a sus funciones ministeriales y próximo a terminar el período gubernativo de Avellaneda, su nombre no tardó en ser indicado como el de un candidato a sucederle, que por sus antecedentes y su arraigo en el interior, podría reunir la mayor suma de opiniones.
Formalizada su candidatura y retirado del ministerio, sobrevienen los sucesos del 80, la revolución encabezada por Tejedor, gobernador de Buenos Aires y con fuerte partido que lo sostenía en sus aspiraciones provinciales y después, el fracaso del movimiento, la federalización de esta ciudad, declarada capital de la República, y la designación de Roca por el voto de la mayoría de los electores provinciales, para ocupar la primera magistratura.
Eran momentos difíciles los de su iniciación en el gobierno, pero pudo mantener el orden público durante todo el término de su mandato, siendo de esa época las expediciones complementarias en la Patagonia y el Chaco para reducir el resto de las tribus levantiscas y la ley que dió organización política a las gobernaciones nacionales.
Fue entonces cuando comenzó la transformación edilicia de la metrópoli bajo la intendencia de don Torcuato de Alvear; se construyó el puerto de la Capital y se dictaron leyes de importancia como la orgánica de los tribunales, la monetaria, la de educación común, de registro civil, de límites interprovinciales y de tierras públicas.
Se suscribió también con Chile, el tratado de límites de 1881,  proyectándose  reformas al código de comercio y los códigos de justicia militar, penal, de minería, de procedimientos en materia civil y criminal, que tuvieron sanción más adelante. Se fomentó la inmigración, se crearon centenares de escuelas y se dotó a muchas de ellas de los edificios que por su solidez, llegaron a ser centenarios.
En 1887, habiendo dejado la presidencia, viajó a Europa, y el 9 de julio le fue ofrecido un gran banquete en Londres, por la Baring Brothers y el comercio británico.
Formó parte del Senado Nacional durante el período presidencial de Juárez Célman, su concuñado y se apartó de éste en vísperas de la revolución del 90. En el Senado fue uno de los hombres que más hizo para precipitar la renuncia de Juárez Célman.
Posteriormente, durante el gobierno de Carlos Pellegrini, desempeñó el Ministerio del Interior, y en 1893 se distinguió, al frente del comando militar unificado, en la represión de la revolución radical que encabezó Alem.
Ejerció la presidencia del Senado en tiempos del gobierno de José Evaristo Uriburu, e interinamente la Presidencia de la Nación, entre el 28 de octubre de 1895 y el 8 de febrero de 1896.
A mediados de 1897 el partido Autonomista Nacional se unió en torno a su figura y lo proclamó candidato a la presidencia. Triunfó sin candidato opositor en los comicios de abril de 1898, e inició su segundo gobierno en octubre del mismo año.
Su segunda presidencia debió abocarse a la solución de graves cuestiones internacionales. Dificultades que pudieron parecer insalvables se habían producido acerca de la demarcación de nuestros límites con Chile.
Roca se propuso evitar una contienda armada con el país hermano; en 1898 se entrevistó con el presidente Errázuriz en el estrecho de Magallanes y allí concertaron las bases de un acuerdo que más tarde se formalizó con los Pactos de Mayo -1902-, por los cuales quedó sometido el litigio al arbitraje de su majestad británica. Complemento de este tratado fue el de limitación de armamentos entre ambas repúblicas.
Procuró estrechar, mientras tanto, nuestras relaciones con Brasil y visitó en Río de Janeiro al presidente Campos Salles, que fue huésped de Buenos Aires un año después, en 1900.
Mientras tanto, en lo referente a asuntos de orden interno, corresponden a ese período las leyes de conversión monetaria, de servicio militar obligatorio, de creación de nuevas cámaras y juzgados federales, de elección de diputados por circunscripciones, la ley de jubilaciones y pensiones, la fundación del acantonamiento de Campo de Mayo y la construcción del puerto de Rosario.
Al término de su mandato, y distanciado de Pellegrini, su figura política declina visiblemente. En 1912, no obstante fue designado por el presidente Roque Saénz Peña embajador extraordinario en el Brasil.

Falleció el 19 de octubre de 1914. Sus contemporáneos lo llamaron “el Zorro” por algunas de sus características personales, ejercidas en las cotidianas lides políticas pero Leopoldo Lugones supo sintetizar así su figura: “Fue dos veces presidente de la República, mandó en jefe sus ejércitos, completó su dominio territorial por las armas, lo aseguró en el derecho, y dándole todavía prosperidad, orden, paz y justicia, mereció con ello el título de Constructor de la Nación entre los grandes que así venera la patria”.

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