(1771-1840)

En el movimiento emancipador argentino la figura del general Francisco Ortiz de Ocampo tuvo una significación que la historia registró asignándole preeminente lugar. A él le tocó en circunstancias en donde la revolución aspiraba a sofocar todo intento de rebeldía en el interior, emprender la marcha al norte, como jefe del ejército patriota que se dirigía al Alto Perú.
Nació en La Rioja, siendo bautizado el 4 de mayo de 1771, hijo de don Andrés Nicolás de Ocampo y de doña María Aurelia de Villafañe y Dávila.
Comenzó su vida militar a raíz de las invasiones inglesas, combatiendo durante la Reconquista y la Defensa de Buenos Aires con singular valor, mereciendo por su actuación ser ascendido a capitán del Cuerpo de Arribeños, el 8 de octubre de 1806.
Participó en la Defensa de Buenos Aires de julio de 1807, cayendo en el combate de Los Corrales prisionero, aunque logró escapar la noche de esa misma jornada.
Promovido a teniente coronel, se le designó comandante 1ro del Cuerpo de Arribeños, el 11 de enero de 1808. Abandonó por ello sin hesitar las labores comerciales donde había conseguido hacerse una sólida posición, colaborando con su peculio a la organización de aquel cuerpo.
En el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, votó inmediatamente después de Saavedra por la cesantía del virrey Cisneros y porque “asumiera el mando el Cabildo interín se nombre una junta que debe ejercerlo, cuya formación debe ser en la forma y modo que no quede duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad y el mando”.
Producida la revolución, la Junta le dió el grado de coronel, el 9 de junio y lo nombró jefe del Ejército Auxiliador al Alto Perú, siendo segundo jefe el coronel Antonio González Balcarce y representante de la Junta Juan Hipólito Vieytes.
El ejército debía exigir al gobernador intendente de Córdoba, capitán de navío Gutierrez de la Concha, que permitiese al pueblo elegir diputado, pero en conocimiento los patriotas de conciliábulos y resistencias contrarrevolucionarias, al llegar a Córdoba fueron arrestados el gobernador Gutierrez de la Concha, Liniers, que se encontraba en ese lugar; el obispo Orellana y otros dirigentes que habían manifestado su oposición al movimiento juntista de Mayo.
Ocampo tenía órdenes de ejecutarlos pero no procedió a hacerlo debido a los ruegos de la población. Mientras Vieytes fue sustituído por Castelli, éste hizo cumplir las órdenes de la Junta, haciendo fusilar a los prisioneros el 26 de agosto de 1810, al llegar al lugar llamado Monte de los Papagayos, situado cerca de la posta de Cabeza de Tigre, con excepción del obispo por su investidura eclesiástica.
Ocampo ejerció durante cinco días interinamente el gobierno de Córdoba desde el 11 hasta el 16 de agosto de 1810. Su carácter moderado y conciliador, mal se avenía con el plan político de violencia de corte jacobino, que adoptó la Junta.
De no mediar su indecisión y condescendencia en aquel momento crítico, es indudable que dados sus honorables antecedentes, su actuación posterior hubiera sido descollante, la que abruptamente quedó interrumpida.
En consecuencia fue sustituido en el gobierno por el Cnl Juan Martín de Pueyrredón y relevado del comando del Ejército Auxiliar, el 15 de noviembre de 1810, no obstante su reconocida hombría de bien y su energía bien probada en reiteradas ocasiones previas.
Pasó a Buenos Aires, donde fue nombrado coronel del Regimiento Nº 4, el 17 de junio de 1811 y luego del Regimiento de Patricios Nº 2.
En 1812 participó en el movimiento militar del 8 de octubre contra el Primer Triunvirato, que tuvo por efecto, no sólo el cambio de personas en el gobierno, sino dar rumbos más certeros a la guerra por la emancipación y a la organización institucional del Estado, próximo a declararse soberano. Un año después integró con San Martín la comisión encargada de redactar los reglamentos para el Ejército.
Más tarde fue nombrado presidente de Charcas, cargo que debió abandonar a raíz de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma sufridas por el Ejército del Norte en su segunda expedición al Alto Perú.
En 1814, el director Posadas lo designó gobernador intendente de Córdoba, cargo que ejerció hasta el 25 de marzo de 1815, en que sin ofrecer resistencia a la acción de Artigas, por su indicación, se convocó a un cabildo abierto que eligió al Cnl José Javier Díaz como sucesor suyo.
De regreso a Buenos Aires fue ascendido a coronel mayor en ese mismo año, dirigiéndose luego a Mendoza para ponerse a las órdenes de San Martín, que preparaba el Ejército de los Andes. Cuando éste solicitó licencia por enfermedad en junio de 1815, lo dejó a cargo de la gobernación. Se retiró del servicio activo a fines de ese año, quedando agregado a la plaza de Córdoba, de donde pasó al año siguiente a San Juan.
Fue por unos meses gobernador de La Rioja a fines de 1816, y en 1819 comandante de los Cívicos de Córdoba. En el año clave de 1820 signado por la crisis interna de Buenos Aires y el surgimiento de las autonomías provinciales, lo vemos protagonista estelar en La Rioja donde en el mes de enero depone al teniente de gobernador Gregorio Gonzalez y el 1º de marzo, día inicial de la nueva provincia, fue elegido por aclamación gobernador, cargo que desempeñó hasta que Juan Facundo Quiroga lo derrocó en septiembre de ese año.
El 7 de enero de 1820 se había sublevado en Arequito el Ejército del Norte. Los pueblos del interior comenzaban así el fenómeno secesivo, que se agudizó a raíz de la batalla de Cepeda. La Rioja aprovechó la situación para llevar a cabo su separación de Córdoba y elegir así en marzo gobernador al general Francisco Ortiz de Ocampo, el antiguo jefe de Arribeños y primer jefe del Ejército Auxiliar al Alto Perú. La declaración de la autonomía fue un signo de los tiempos; ese mismo año hicieron lo propio Santiago del Estero, San Juan y San Luis. Al decir de Armando R. Bazán: “El general Francisco Ortiz de Ocampo era el político riojano que por su trayectoria tenía mejores títulos para gobernar su provincia en la nueva etapa. Primero como jefe del Cuerpo de Arribeños, sucesor de Saavedra como comandante del Regimiento de Patricios; primer general de la  revolución en su carácter de jefe del ejército auxiliar del Perú; presidente de Charcas para pasar a desempeñarse como gobernador intendente de Córdoba 1814/1815. Ninguno de sus comprovincianos exhibió un cursus honorum semejante y sólo Castro Barros lo aventajaba por su talento y formación cultural”.
Ya en Buenos Aires en 1822 reclamó los sueldos que se le adeudaban, debido a llevar gastado toda su fortuna al servicio de la Patria.
Complicado en un plan revolucionario contra el gobierno de Córdoba, -sostiene Cutolo-, en 1826, fue tomado prisionero, y cuando el general Paz venció al general Bustos en 1829, le dió el mando de un regimiento. Dos años después cayó prisionero de Quiroga, cerrándose para siempre su actuación pública y su vida en el ejército, pasando sus últimos años, en su provincia natal de La Rioja. Falleció en la hacienda de Anguinón, Chilecito, el 15 de septiembre de 1840.

 

BIBLIOGRAFIA

ANGEL JUSTINIANO CARRANZA, El General Don Francisco Ortiz de Ocampo. 1771-1840, en Revista Nacional, Bs. As., 1895.
PABLO CABRERA, El General Francisco Ortiz de Ocampo, en Revista Mercedaria, Córdoba, 1933, Nº 55.
EXEQUIEL C. ORTEGA, La Primera Pena de Muerte resuelta por la Junta de Mayo, Bs. As., 1954.
DIAZ DE MOLINA, Francisco Antonio Ortiz de Ocampo, en Genealogía. Hombres de Mayo, Bs. As., 1961.
ARMANDO R. BAZAN, Historia de La Rioja, Buenos Aires, Plus Ultra, 1979.

 

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