(1797-1841)

De noble prosapia colonial, sus dotes de distinción y valor han dado a su actuación histórica el relieve de una figura romántica y legendaria. Desde los 14 años de edad hasta su muerte, a los 44, su vida fue una permanente milicia.
Nació en Buenos Aires, el 17 de octubre de 1797, hijo de una caracterizada y prolífica familia. Era el quinto vástago de Manuel José de La Valle, director general de las ventas de tabaco en Santiago de Chile y luego en Buenos Aires y de Mercedes González Bordallo.
Al producirse la Revolución de Mayo, su familia se encontraba en Chile por funciones públicas de su padre. De regreso a Buenos Aires, el 31 de agosto de 1812, Lavalle solicitó su admisión como cadete en el regimiento de Granaderos a Caballo, entrando a servir bajo las órdenes del Cnl José Matías Zapiola.
En mayo de 1813, pidió al Grl Alvear ser enviado al frente siendo ascendido a teniente en 1813, y revistando en 1814 en el ejército sitiador de Montevideo, a órdenes del mismo. Luchó contra Artigas y bajo el mando de Dorrego combatió en la batalla de Guayabos.
En 1816, con su regimiento ingresó al Ejército de los Andes que San Martín preparaba en Mendoza. El 4 de febrero de 1817, tuvo destacada actuación en Achupallas, donde una patrulla de granaderos venció a fuerzas realistas superiores que trataban de impedir la marcha de las tropas argentinas. En Chacabuco fue ascendido a capitán. Toma parte luego como jefe de guerrilla en el asalto de Talcahuano, encontrándose al frente de sus granaderos la noche de la sorpresa de Cancha Rayada y en el glorioso alba de la victoria de Maipú.
Combatió en el sur contra los restos del ejército español. Iniciada la campaña del Bajo Perú y desembarcadas las tropas en Pisco, Lavalle se incorporó a la columna del Grl Arenales que realizó la campaña de la Sierra y obtuvo el triunfo de Pasco. La campaña del Ecuador, Río Bamba, Pichincha, la campaña de Puertos Intermedios, fueron otros tantos jalones de su brillante carrera militar.
Llamado con justicia el “León de Río Bamba” escribió Lavalle, precisamente aquel 21 de abril de 1821, junto a sus 96 granaderos, una de las más conmovedoras y heroicas páginas en la historia de la caballería.
Señaló Leoni Houssay que “la llaneza del parte elevado por Lavalle (25 de abril de 1822) es demostración elocuente del temple moral y de la fibra humana de aquellos héroes” y transcribe a continuación su fragmento principal que dice: “Exmo Sr: el día 21 del presente se acercaron a esta villa las divisiones del Perú y Colombia y ofrecieron al enemigo una batalla decisiva. El primer Escuadrón del Regimiento de Granaderos a Caballo de mi mando marchaba a la vanguardia descubriendo el campo y observando que los enemigos se retiraban, atravesé la villa y a la espalda de una altura, en una llanura me vi repentinamente al frente de tres escuadrones de caballería fuerte de ciento veinte hombres cada uno, que sostenía la retirada de su infantería; una retirada hubiera ocasionado la pérdida del escuadrón y su deshonra y era el momento de probar en Colombia su coraje, mandé formar en batalla, poner sable en mano, y los cargamos con firmeza.
El escuadrón que formaba noventa y seis hombres parecía un pelotón respecto de cuatrocientos hombres que tenían los enemigos; ellos esperaban hasta la distancia de quince pasos poco más o menos cargando también, pero cuando oyeron la voz de degüello y vieron morir a cuchilladas tres o cuatro de sus más valientes, volvieron caras y huyeron en desorden, la superioridad de sus caballos los sacó por entonces del peligro con pérdida solamente de doce muertos, y fueron a reunirse al pie de sus masas de infantería.
El escuadrón llegó hasta tiro y medio de fusil de ellos y, temiendo un ataque de las dos armas, lo mandé hacer alto, formarlo y volver caras por pelotones; la retirada se hacía al tranco del caballo cuando el general Tobra puesto a la cabeza de sus tres escuadrones los puso a la carga sobre el mío. El coraje brillaba en los semblantes de los bravos granaderos y era preciso ser insensible a la gloria para no haber dado una segunda carga.
En efecto, cuando los cuatrocientos godos habían llegado a cien pasos de nosotros, mandé volver caras por pelotones, y los cargamos por segunda vez; en este nuevo encuentro se sostuvieron con alguna más firmeza que en el primero, y no volvieron caras hasta que vieron morir dos capitanes que los animaban. En fin, los godos huyeron de nuevo arrojando al suelo sus lanzas y carabinas y dejando muertos en el campo cuatro oficiales y cuarenta y cinco individuos de tropa. Nosotros nos paseamos por encima de sus muertos a dos tiros de fusil de sus masas de infantería hasta que fue de noche y la caballería que sostenía antes la retirada de su infantería fue sostenida después por ella”.
El gobierno de Perú, en honor de todos los jefes, oficiales y soldados del primer escuadrón del Regimiento Granaderos a Caballo de los Andes que tuvieron parte en tan gloriosa jornada, dispuso que llevaran en el brazo izquierdo un escudo celeste entre dos palmas bordadas, con esta inscripción en el centro: “El Perú al Heroico Valor en Río Bamba”.
A fines de 1823 se separó del ejército de Bolívar, y ya en Mendoza, un movimiento militar derrocó al gobernador y nombró en su reemplazo a Lavalle. Diez días después (4 de julio de 1824) regresó a Buenos Aires, recibiendo los despachos de coronel graduado. Con Rosas y Senillosa integró la comisión demarcadora de la frontera con los indios y al producirse la guerra con el Brasil se incorporó al ejército nacional.
Bacacay es la primera de sus victorias en la campaña contra el imperio que obtuvo junto con el Cnl José María Videla (febrero de 1827). En Ituzaingó su acción es definitoria y consta en el parte del general vencedor: “El Cnl Lavalle con su división, arrolló por la izquierda toda la caballería que se hallaba a su frente, sableándola y arrojándola a legua y media del campo de batalla”. Es sobre este mismo campo donde Alvear lo elevó al rango de general, en tanto el congreso nacional, se aprestaba a conferirle el escudo de oro creado para premiar a los “vencedores” de la jornada.
Mientras las armas argentinas triunfaban de los enemigos exteriores, caído el régimen directorial, empezó a diseñarse, cada vez con más firmeza, la división, que se haría después profunda entre Buenos Aires y las provincias del interior, entre la  tendencia unitaria y la federal. Momentáneamente pareció prevalecer la primera, con la constitución de 1826; pero ello no sirvió sino para demostrar lo irreductible de aquella rivalidad. Rivadavia no pudo continuar su gobierno y presentó su renuncia en junio de 1827. Dos meses después, era proclamado gobernador de Buenos Aires el Cnl Manuel Dorrego, jefe del federalismo porteño. El nuevo mandatario firmó la paz con el Brasil, en términos que provocaron descontento en el ejército, situación que es explotada por los unitarios para crear dificultades al gobierno e intentar el retorno al poder.
El 1 de diciembre de 1828 estalló la revolución en Buenos Aires, encabezada por el Grl Lavalle, que había desembarcado hacía pocos días con la primera división del ejército.
Al tener conocimento del hecho, Dorrego abandonó el fuerte, para dirigirse hacia la campaña buscando refugio  en el campamento de Juan Manuel de Rosas en Ranchos.
Lavalle asumió el poder y luego delegó el mando en el almirante Guillermo Brown para salir en persecución de Dorrego. El 9 de diciembre el gobernador derrocado fue alcanzado en Navarro y derrotado, cayendo más tarde prisionero. No obstante los esfuerzos que desde Buenos Aires se hicieron para evitarlo, fue conducido al campamento de Lavalle. Antes que él habían llegado varias cartas de hombres prominentes del unitarismo asegurándole al vencedor que la vida del primero era una necesidad para la pacificación del país. El fusilamiento se consumó el 13 de diciembre. El jefe unitario no quiso que los oficiales bajo su mando compartieran con él la responsabilidad de tan extrema medida y, al dar cuenta de ello, dejó expresa constancia que había sido tomada “por su orden”.
El hecho fue un error. No evitó nada  y no sirvió para bien. El general Lavalle, que no había procedido por inspiración propia, sino por consejo de sus colaboradores en la revolución, calló toda su vida la responsabilidad real de sus amigos. Pero no ocultó su arrepentimiento por el sacrificio estéril de aquella vida humana, que la guerra civil no respetó. Cuando años después empuñó su espada para combatir a Rosas, refirió a sus oficiales una y otra vez que el día que llegara a Buenos Aires haría un acto de expiación que no pudo cumplir por la adversidad que signó la última etapa de su vida.
La reacción federal no se hizo esperar, -sostiene Cutolo-, Lavalle se dirigió a Santa Fé, mientras que en las Vizcacheras, el 28 de marzo de 1829, las tropas unitarias mandadas por el Cnl Federico Rauch eran derrotadas. Después de la entrevista que tuvo con Paz en el Desmochado, Lavalle fue vencido en Puente de Márquez por las fuerzas coaligadas de Rosas y López, el 26 de abril de 1829. Reducido a la ciudad y sus inmediaciones, frente a Rosas dueño de toda la campaña de la provincia, decidió conferenciar con éste y tratar la paz. El 24 de junio firmaron la convención de Cañuelas, por la cual se establecía la cesación de las hostilidades y además la elección de los miembros de la legislatura con arreglo a las leyes.
El 24 de agosto, Rosas y Lavalle firmaron la convención de Barracas, que puso fin a la guerra. El nuevo gobernador Viamonte le ofreció el mando de la caballería que aceptó al principio; pero eran tantos los vejámenes a que fueron sometidos todos sus subordinados que pidió licencia el 15 de septiembre para trasladarse a la Banda Oriental.
De allí fue sacado por sus amigos políticos para tomar parte en una campaña contra Rosas. No estaba escrito, sin embargo, que la espada de Chacabuco, Maipú, Pichincha e Ituzaingó fuese la que derrocara a la dictadura.
En 1839, con apoyo de los emigrados unitarios y de los franceses, pasó con una división a Entre Ríos donde combatió con suerte  varia. Derrotado por Echagüe en Sauce Grande, cruzó el Paraná y con 1.100 hombres estuvo 15 días en Luján esperando inútilmente levantamientos en su favor. Rosas organizó entonces un ejército muy superior en número y Lavalle sin apoyo, se retiró, tomando Santa Fe en septiembre de 1840. Perseguido por tres ejércitos trató de reunirse con Lamadrid a marcha forzada. Oribe lo alcanzó el 28 de noviembre en Quebracho Herrado, donde quedó destruido su ejército.
En Famaillá, Lavalle hizo prodigios de valor. Recordando sus hazañas ya lejanas y sus cargas en cien combates, empuñó su terrible lanza, e impetuoso y bravío condujo personalmente a  la pelea a sus escuadrones. Luchó con rabia; no pudiendo triunfar, hubiera preferido morir al frente de sus últimos valientes.
La derrota de Famaillá concluyó con la Coalición del Norte, y Lavalle regresó a Salta, pensando aún en resistir. Su plan consistía en atraer a Oribe, alejarlo de su teatro principal de operaciones, para que, en su ausencia, desarrollaran libremente su acción los generales Paz y Lamadrid.
El plan no pudo ser ejecutado. Con sus últimos fieles, unos doscientos hombres, Lavalle emprendió el camino de Jujuy, donde llegó el 8 de octubre. Al día siguiente, una partida federal hizo fuego sobre la casa en que se hospedaba y una bala casual perteneciente al soldado José Bracho lo hirió de muerte.
Para evitar que su cadáver fuera profanado, sus compañeros de armas, al mando del Grl Pedernera, decidieron proteger sus restos. El trágico cortejo acechado y perseguido, esquivando y burlando a sus enemigos, el 16 de octubre de 1841, siete días después del trágico episodio de Jujuy, con 178 hombres, reliquias de lo que había sido el ejército unitario que llegó hasta las puertas de Buenos Aires, pisó tierra boliviana.

“Fue venerado por sus soldados como no lo fue jefe alguno -enfatizó Patricia Pasquali en el prólogo de su reciente biografía sobre el prócer-, si San Martín lo aventajó como hombre de acción por su reflexión y lucidez en el manejo de las situaciones y por su capacidad organizativa; si otro tanto podría decirse de José María Paz, el frío y prudente estratega; Lavalle en cambio, sobresalió por su genial e instantáneo golpe de vista y por su loca bravura, por el arrojo inconcebible con que ejecutaba sus acciones, por avalanzarse como un alud con el alma puesta en la espada. Era la encarnación misma del valor heroico. Se explica, pues, que ese hombre de corazón de fuego y coraje extremo fuera quien más fuertemente despertara la adhesión y sentimiento de emulación en sus hombres”.

 

BIBLIOGRAFIA

LUIS ALBERTO LEONI HOUSSAY, Regimiento Granaderos a Caballo de los Andes. Historia de una Epopeya, Bs. As., 1986.
PATRICIA PASQUALI, Juan Lavalle. Un guerrero en tiempos de revolución y dictadura, Bs. As., 1996.
PEDRO LACASA, Lavalle, Bs. As., 1924.
JULIO A. COSTA, Rosas y Lavalle, Bs. As., 1926.
B. MITRE, Biografía en Obras Completas, Bs. As., 1941, t. XII.
BERNARDO GONZALEZ ARRILI, Lavalle, Bs. As., 1943.
ENRIQUE M. BARBA, La Campaña Libertadora del General Lavalle, La Plata, 1944.
RICARDO LEVENE, El proceso histórico de Lavalle a Rosas, La Plata, 1950.
ADOLFO CASABLANCA, La muerte de Lavalle. Enigma para historiadores, en Todo es Historia, Bs. As., noviembre de 1967.

 

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